“La mayor prueba del amor
es dejar morir a los muertos”
Sería erróneo decir que Antonio no es amigo, lo es. Lo es por conocerle en esto de “la poesía”, pero Antonio es oficialmente fotógrafo y con seguridad gamberro, pero de estos que llevan mucho, muchísimo, peso sobre los hombros. Este es su tercer libro (creo, al menos como monografía y en formato ortodoxo) y oficialmente es su primer libro de poesía, pero.
Cada vez más creo que la poesía tiene que ver con el acto de mirar. De qué se araña. De qué se inventa con la mirada oblicua o juguetona, de qué se canta. Por eso tiene todo el sentido que Antonio sea fotógrafo y sea poeta y que este no sea, en absoluto, su primer libro de poesía. Cuando lo conocí andaba enredado con Las metamorfosis, un libro donde muestra collages loquisimos con distintas obras de arte de la colección del Rijksmuseum que conviven con textos intervenidos de la wikipedia, poniendo en duda o en altavoz distintas situaciones del arte contemporáneo (resumiendo mucho, porque en cómo hizo el libro y el resultado de los textos está el juego y el hallazgo, lo que supone uno de los libros más potentes que he visto/leído yo en mucho tiempo y del que todo el mundo debería haber hablado pero ya sabemos que calidad y atención no van tanto de la mano).
Yo, que lo sabía en estos juegos, no me podía esperar la sorpresa, enorme y feliz, que fue leer El undécimo mandamiento.
XLV Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2025, ahí es nada. Primer libro y zas. Estas cosas que una celebra que le pasen a los amigos y que celebra especialmente cuando el libro es como es este libro: escucha, mirada, técnica, sonido, sorpresa.
Es difícil explicar qué es la poesía, ¡pero es tan sencillo cuando se leen los poemas! Los libros que sí tienen poemas-poemas provocan escritura y obligan a decir: escucha, escucha, te leo esto, mira qué burrada. El libro de Antonio se lo leí casi entero a Paco el verano pasado.
Es un libro de amor. De amor a su padre, al padre que fue antes de que le llegase la desmemoria al cuerpo, de la pérdida de su padre antes de perderlo del todo, de quien fue su padre antes de ser su padre, cuando era aún hijo, de qué es ser hijo, también.
Empieza el libro con una disculpa (Pliego de descargo), con un ruego, donde el libro se sabe cuerpo y también material complejo, con la advertencia final que pone en jaque la propia materia de escritura, acaso porque un libro con esta temática a quien ha jugado tanto de manera tan esquiva, le merece el susto de aquello que es verdad.
“Lo alzas entre tus manos como a un recién nacido/ lo acunas como si fuera un mesías/ cubierto de terror y de placenta(...) Luego lo cerrarás, como si fuera ajena/ la herida que se infecta entre sus páginas(...)Acércate. Y no me juzgues. Ámame./Un escritor es un caníbal.
A partir de ahí el libro se estructura enumerando diagnósticos: poemas de cuatro versos, rimando los versos pares, siete diagnósticos y el último diagnóstico, como siete días y, como diez mandamientos y. Es decir: un libro que busca una estructura que puede estar o no relacionada con esta idea que yo pienso pero donde seguro hay una intención que lo unifica. Estos poemas cortitos tienen un tono mucho más juguetón que aquellos a los que dan paso, casi como si fuese un niño quien habla, como una cancioncilla infantil donde el uso de la rima es clave: “Mi padre es un maestro yogui./Conoce lo frío y lo caliente/y no dice una palabra/ que no empape su presente.”
Un tema sobre el que se ha escrito. Una manera nueva de escribirlo, no exactamente la manera, porque no es una poesía vanguardista o experimental, en absoluto, es una manera de pintar. El poema La salvación parece llevar a Bowie de fondo. Un padre que se va lejos y no sabemos cómo volver a alcanzar y cuyo cuerpo sigue aquí. El cerebro, en un poema más adelante (La piedra gris) “es el estallido frío de una galaxia/ donde rompen tormentas de un alzheimer/ y mana la leche de una madre que ha muerto/ y los astronautas se asfixian sin tiempo y sin rumbo”. El tiempo, con sus contradicciones, la fotografía donde siguen vivos los que no están, la memoria deteriorada que revive a quienes no están. La conciencia de estar despidiéndose de una época, de quién o cómo o qué significa ser hijo.
“Mi padre es sólo un niño que sonríe,/ por los siglos de los siglos, en esta fotografía/ con sus hermanos, todavía/ y con sus padres, todavía/ como un puñado de muertos con toda la vida por delante.”
Es especialmente complicado leer un libro sobre este tema que no entre en cierta pornografía de la intimidad y sin embargo lo logra. Hay cierta distancia, no, la palabra no es distancia, cierta posición desde donde se enuncian los poemas, pese a tener un yo poético muy marcado, que evita caer en sentimentalismos, cierta contención. Mirar al padre es mirarse, es preguntar.
Crea imágenes bellísimas y lo hace sin aspavientos, sin fuegos artificiales, de una manera casi física, con un tono de quien ve, sabe ver y está, también, cansado de ver. Pero qué bien mira Antonio Pérez Río.
“Ha envejecido de una manera castellana y dócil/ y está muriendo de la misma manera honrada,/ con ojos sombríos y profundos,/ como una mosca que conoce su suerte/ y deja de agitarse para no molestar,/ porque agitarse es inútil.”
.jpeg)
.jpeg)

.jpeg)
