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jueves, 21 de marzo de 2024

Riesgo de hidrocefalia. Marisa Bello

«Seguir tendiendo la ropa no es lo mismo sin los ojos».  « »

Libro de memoria, libro de memoria sorprendida, posada, crítica. Libro donde una se piensa hoy en los miedos de entonces, con sus dudas y las verdades ciertas que nos han cerrado la boca y aumentado el susto: verdades que entendemos porque se confirman aún en la vida de ellas, en sus inicios.

«ACOSTUMBRE A NOMBRAR la rotura como parte esencial del deseo»(...) ¿Acaso no piensas arreglarte? (...) La violencia no es siempre roja».

Un libro de recuerdo que nos interpela, un libro que nos deja el cuerpo conocido y raro, como el primer exhibicionista que a todas nos queda en la retina, la mano que te toca y que no reconoces en el transporte público: lo que sólo de nosotras a nosotras nos decimos: y sí, cuenta, dice, pero lo hace desde la poesía, hacia la poesía, con la poesía y, por eso, en ese acto de instantánea, nos pone allí y aquí: la acompañamos. «Los amores incondicionales no conjugan» «un galgo congelado» ¿sí conjuga?: la madera se friega de rodillas, «una anciana ladrando» y no saber bien qué hay que decir.

Recordar qué es marcar un número, qué es rodar un número en la baquelita roja para iniciar la llamada. «Escribiremos notas anónimas a una obsesión de la otra fila y negaremos, en firme, haberlo hecho».

Memoria que entendemos, analógica, amarga y algo árida, con el tiempo que pasa y que se queda sobre el recuerdo, sabiendo qué hace el lenguaje y cuándo no hace y se queda corto: tratar de capturar lo que se ha sido, la carpeta de cartón que nos protegía la juventud, subiéndola justo arriba de la boca, dejando la nariz dos dedos más abajo, asomando los ojos, «la manzana completa».

El reconocimiento del daño, de lo que se aprendía, de lo que era dado por supuesto. «Tuvimos varios grupos y algunas abortamos. Del resto nunca supe nada más».

Y luego la maternidad: con todo lo heredado. «FUI MADRE A CONTRAPELO / Di a luz obediente, -siempre, obediente».
Y el poema al NIÑO que hace mudez y ganas de abrazar.
Gracias por este libro, @marisabellolopez

«De momento me alcanza el escupir».

Riesgo de hidrocefalia. Premio Internacional de Poesía Marta Agudo 2023. @genialogias
Publica @tiigresdepapel








miércoles, 23 de julio de 2014

Lectura a tres voces, escritura a mil caras.


Necesito todos los lápices del mundo.
No hay suficiente tiempo
para los tiempos,
tengan estos los propietarios que merecen.

Leo a Cristián Piné. Lo leo y olvido que es un amigo. Leo a Günter Grass y recuerdo que la deformidad es una ventaja, que la deformidad es una excepción, que hay naturalezas y naturaleza, y que se es único, únicamente y desde siempre. Leo a Piné y leo a Max Blecher y subrayo, subrayo tanto que se me gastan las minas, se rompen de la fuerza, subrayo y les escribo encima, les tacho casi su propio verso porque me están tirando las palabras hacia fuera, me las están arrancando hacia fuera y me están diciendo que no, que todo lo que, NO.
Me están salvando la vida. Los leo y tengo que ir a Luisa y sus artilleros, los leo y tengo que refugiarme en Lorca cantado por Morante, y se me duplican las letras porque me están rompiendo lanzas en el estómago y no me da tiempo a decir y entonces entiendo que callar es un regalo que necesito. Estoy siendo esterilidad simulada, lleno trocitos de papeles que luego pliego en flores para arrugarlos y tirarlos a la basura, medio flores medio nada.

“Hay un principio de azul – (anoto, azul alabastro)
En este paisaje terrestre- (anoto, acantilados, precipicio, montaña, caída)
Y otro vindicador- (Separo vin/di/ca/dor. Lo escindo en sílabas y taconeo)
Como un dedo amputado
Tan sólo ves una mujer dando vueltas
Como un huso
Y copiando su delta
En el delta de las aguas
Max Blecher.

Blecher quiere que llegue a Luisa, Luisa está guardada junto a un libro de símbolos, tengo que diseñar un logo, por varios pisos más arriba, corre, acude, levanta y corre a por él. Pero yo quería escribir sobre Cristian, yo quería escribir que Cristian está escribiéndome sin querer.  Tienen que esperar Los hábitos del artillero. 
No hay bilis, hay alimentos, no hay hambre y sin embargo ese olor.

“Nadie quiere un malquerido fémur
apoderándose del vientre, después la boca,
un solo fémur ocupando el espacio en que respiras
un cuerpo solo sin querellas en la solidez (…)”
Cristian Piné


Qué hago escribiendo, yo, qué hago cuando me lo dais todo, donde todos los espejos ya están retratados desde antes de nosotras. Siempre nosotras y ahora nosotras sin saberte. No, nosotras sabiéndote, muriendo en distintas latitudes, pero juntas. Qué hago escribiéndome yo, qué necesidad, sólo quería dar las gracias, pero me han hecho escribirme y quisiera querer borrarme, de nuevo, pero he gastado los borradores y los lapiceros y ya hay tiempo para el agua y el aceite, y tú y yo nos lo merecemos. Ellas también, pero tú y yo. 




6 de julio, de 2014. Otros seis y mi madre cumplen 55. No voy a poder hacerla feliz, ni regalarle  un perfume. Pensar la frase al completo me asusta.

Desde hace unos meses me ha devorado, el caos
desde hace unos
meses he dedicado mis días a morderlos
tan continuamente
como se muerde la sábana que implica
las horas, pero no con ganas de
 mantenerme debajo dejando las cosas sucederse
sin mí
desde hace unos meses.
He dedicado mis mordiscos a la gana tanto que
no he podido
morder, ganar
la página de un libro,
morder o ganar
la calma de la compañía,
morder
la calma sola, la cama solamente una tortura
desde hace unos meses,
morder los días como si no supiera que llegan a pasar
y empiezan otros. Que llega mañana, mañana
otra vez.

21 de julio de dos mil catorce

Estaba equivocada, la felicidad es otra cosa, los regalos son
inesperada acción.

23 de julio. Ya es miércoles otra vez.

Que nadie te escuche susurrando
su nombre
de metal escondido en las entrañas,
que el ojo de buey cierre definitivamente sus puertas que
no pase más el agua ruidosa,
que no pase más
que nos morimos.
Hoy no has llamado, en cambio
conozco tu edificio como la palma de mi miedo. 

lunes, 16 de junio de 2014

Mi itinerario de lectura es particular

Mi itinerario lo conforman múltiples personas, hermanas de cerca y de las periferias.
Mi itinerario de lectura es particular, aunque llueve y se moja, y a veces se enquista en moho porque crece de adicciones no leídas, de títulos que compro por la sospecha, títulos que me ofrecen todo y casi todo además de lo pensado.

Si hay algo que puede elogiarse de esta época es lo instantáneo.
Leer y poder leer, leer y poder decir: estoy y estoy leyendo.
Creo que me sería imposible enumerar esas hermanas de ojos abiertos, de pulso parejo, de idéntico, táctil, contrario, contradictorio. Por dónde empezar.
Hay nombres que llevan, mujeres y hombres, nombres propios que llevan mucho, tanto tiempo en mi recorrido que creo que podría escribir para ellos, solamente, sin decir nada, sin que haya necesidad de referir cuestiones insólitas o perecederas, porque trabajan esto, lo efímero, y sobre ello no necesitan sino sobrevolar, mirar un poco, sobrecogerse, su firma la tienen demasiado grabada, con sabor a hierro. Son gentes de altos vuelos y constantes bajas.

Hay hombres visibles y los que se queman y tienen que desplegarse varias sombrillas, ir saltando entre los reflejos, los visibles son tan fuertes como estos, porque además pisan lo absurdo, lo apartan, pero nunca olvidan. Nunca, ni los unos ni los otros, cada tic recibido entre inclemencias temporales, porque la electricidad deja huella y tatúa.

Quiero llenar esto de nombres pero se me aturulla la garganta de cariño, de complicidad, de lejanía y de incomprensión, todo a la vez.
Debo escribir más despacio, debo y he de reeditar esto, con imágenes, las nuestras, también la de los muertos, porque para decirte como leer solo tienes que leer a quien a leído amando las palabras.























Las lecturas son las que leemos, las que queremos, las que aún no he fotografiado, las que tienen pendiente una reseña ya escrita, las que se rechazan, tan importantes, tan dóricas, como las aceptadas. Faltan los importantes. Para esos quiero una mesa, quiero todo el suelo de un estadio, quiero toda la vista aérea posible porque sí, porque vuelan. A cada uno de ellos espero hacerle su estadio, su edificio, su post, devolver el regalo de su lectura, con su lectura recitada. A todos ellos. Pero el tiempo, ay. El tiempo. 

viernes, 3 de enero de 2014

Una habitación propia u otros ensayos. Versión E-book. Virginia Woolf.

 Una habitación propia y otros ensayos. WOOLF, Virginia. (I)

Una habitación propia y otros ensayos de Virginia Woolf con prólogo de Federico Patán, con la selección de los siguientes ensayos: La muerte de la polilla, El viejo Bloomsbury, Una habitación propia (tercer y cuatro capítulo), La vida y el novelista, La narrativa moderna, El punto de vista ruso, Defoe, Jane Eyrne y Cumbres borrascosas, Los cuentos de fantasmas de Henry James, Joseph Conrad, Las novelas de E.M.Forster, Un ensayo de crítica.((II) a destriopar aún.

“(…) También las cornejas se dedicaban a una de sus festividades anuales; planeando sobre las copas de los árboles hasta simular que una red vasta, hecha con miles de nudos negros, había sido lanzada al aire; la cual, tras algunos momentos, se hundía lentamente en los árboles, hasta que cada rama parecía tener un nudo negro en la punta(…)

(…)la polilla, en plena agitación, de un lado al otro del cuadrado formado por el panel de la ventana. Era imposible no observarla. Se estaba, de hecho, consciente de un extraño sentimiento de piedad por ella. Esa mañana las posibilidades de gozo parecían tan enormes y tan variadas, que sólo tener en la vida el papel de polilla, y encima de una polilla diurna, sonaba a un destino duro, como patético era su celo de disfrutar en plenitud esas magras oportunidades. Volaba con energía hasta una esquina de su compartimento y, tras aguardar allí un segundo, hacia la opuesta. ¿Qué le quedaba sino volar hasta la tercera esquina y luego la cuarta? Era lo único que podía hacer a pesar del tamaño de las colinas, la anchura del cielo, el humo lejano de las casas y, de vez en cuando, la voz romántica de un vapor allá en el mar. Lo que podía hacer lo hacía. (…)

(…)Se es proclive a olvidarse de la vida, viéndola encorvada y dominada y aderezada y oprimida de modo tal que ha de moverse con la mayor circunspección y dignidad. (…)”
Fragmentos del ensayo La muerte de la polilla.

“(…) Una sociedad de sodomitas tiene muchas ventajas, si se es mujer. Es sencilla, es honesta, en algunos sentidos nos hace sentir, según lo anoté, cómodas. Pero tiene sus defectos; con los sodomitas no se puede, según lo expresan las gobernantas, insinuarse. Algo queda suprimido, ahogado todo el tiempo. Ocurre que ese insinuarse, el cual no necesariamente significa copular y no del todo estar enamorado, es uno de los grandes deleites, una de las grandes necesidades de la vida. Sólo entonces cesa todo esfuerzo, se deja de ser honesto, se deja de ser listo. Se burbujea hasta llegar a una absurda y deleitosa efervescencia de agua de soda y champaña, a través de la cual se ve al mundo teñido con todos los colores del arco iris. (…)”

Fragmento perteneciente al ensayo El viejo Bloomsbury.

(…)Porque la ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. (…)

(…) desde el inicio de los tiempos las mujeres han ardido como faros en todas las obras de todos los poetas (…)

(…) algún tipo de genio debe haber existido entre las mujeres, como debe haber existido en las clases trabajadoras. De vez en cuando una Emily Brontë o un Robert Burns surgen como un flamazo y certifican su presencia. Pero es seguro que nunca llegaron a ser noticia impresa. (…)

(…)Llevar una vida libre en el Londres del siglo XVI habría significado para una mujer que fuera poeta y dramaturga, un estrés nervioso y un dilema que bien hubieran podido matarla. De haber sobrevivido, cualquier cosa que hubiera escrito habría quedado retorcida y deformada, por salir de una imaginación violentada y mórbida. Y sin duda, pensé mirando el estante donde no hay dramas escritos por mujeres, su obra habría aparecido en forma anónima. (…)

(…) ¿Cuál es el estado mental más propicio al acto de la creación? ¿Puede uno hacerse de alguna noción sobre el estado que estimula y hace posible esa extraña actividad? (…)

(…) Y se deduce de esa enorme literatura moderna confesional y de autoanálisis que escribir una obra de genio es, casi siempre, una proeza de dificultad prodigiosa. Todo se opone a la posibilidad de que surja de la mente del escritor íntegra y completa. Por lo general están en su contra circunstancias materiales. Los perros ladran, la gente interrumpe, es necesario ganar dinero, la salud falla. Más aún, para acentuar todas esas dificultades y volverlas más duras de soportar, está la notoria indiferencia del mundo. No le pide a la gente que escriba poemas y novelas e historias; no las necesita. No le importa si Flaubert halla la palabra adecuada o si Carlyle verifica escrupulosamente este o aquel hecho. Claro, no pagará por lo que no desea. De esta manera el escritor -Keats, Flaubert, Carlyle-sufre, en especial en los años creadores de la juventud, toda suerte de distracción y descorazonamiento. (…)

(…) es hora ya de que se mida el efecto del descorazonamiento en la mente del artista, como he visto que las compañías lecheras miden los efectos de la leche común y corriente y de la clase A en el cuerpo de las ratas. (…)

(…)el genio debe desentenderse de tales opiniones; que el genio debe estar por encima de lo que se diga de él. Por desgracia, son los hombres y las mujeres de genio quienes más se interesan en lo que se dice de ellos. (…)”

Fragmentos del ensayo Una habitación propia, tercer capítulo.

“(…)El dinero dignifica aquello tomado por frívolo si no se lo paga. (…)

“(…) Pues las obras maestras no son nacimientos únicos y solitarios, sino el resultado de muchos años de pensamiento en común, de ese pensamiento surgido de la totalidad de la gente, de modo que la experiencia de la masa se encuentra tras la voz singular. (…)”

“(…)¿Quiénes me culpan? Muchos sin duda, y me llamarán descontenta. No podía evitarlo: en mi naturaleza estaba el desasosiego, que a veces me agitaba hasta el dolor... (…)”Anoto: el desasosiego ahoga. Si uno piensa en quien se ahoga, sufra un atraganto o no haya aprendido a respirar dentro de un contexto- ahogo de ansia de adaptación por falta de adaptación- se imprime el movimiento de la desesperación, nadie se ahoga quieto sino que el impulso es trepar para lograr aire. Ahogarse no es dejarse ir, es no saber cómo moverse para lograr aire, para obtener el propio auto respeto.

(…)En los párrafos que cité de Jane Eyre queda claro que la rabia interfería con la integridad de Charlotte Brontë la novelista. Abandonó su historia, a la cual debía su entera devoción, para atender alguna queja personal. (…)”
 Fragmentos del ensayo Una habitación propia, cuarto capítulo.


“(…)Aplicado a las personas, ese mismo método da los mismos resultados. Se agrega una cualidad a otra, un hecho a otro, hasta que cesamos de discriminar y nuestro interés queda sofocado bajo una plétora de palabras. (…)La tarea de un escritor es tomar una cosa y dejarla representar veinte, tarea peligrosa y difícil. Pero sólo así queda liberado el lector del amontonamiento y confusión de la vida y marcado eficazmente con ese aspecto particular que el escritor desea presentarnos.

(…)Para sobrevivir, cada oración debe tener, en su núcleo, una chispita de fuego y ésta, no importando el riesgo, debe arrancarla el novelista con sus propias manos de la fogata. (…)”

Fragmentos entresacados del ensayo La vida y el novelista

“(…)En el caso del señor Wells, se aparta notablemente del hito. Pero incluso en él muestra a nuestro pensamiento la amalgama fatal de su genio, el enorme grumo de yeso que consiguió mezclarse con la pureza de su inspiración. (…)
(…) ¿qué si la vida se rehusa a vivir aquí? Es un riesgo que bien pueden presumir de haber superado el creador de The Old Wives' Tale (Cuento de viejas), George Cannon, Edwin Clayhanger y multitud de otras figuras; Sus personajes tienen vida en abundancia e, incluso, inesperada, pero queda por preguntar ¿cómo viven y para qué viven? (…)

(…)Examínese por un momento una mente ordinaria en un día ordinario. Esa mente recibe miríadas de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con el filo del acero. Esas miríadas vienen de todos sitios, una lluvia incesante de átomos innumerables; y según descienden, según se transforman en la vida del lunes o del martes, el acento cae en un lugar diferente al del viejo estilo; el momento importante no viene aquí sino allí; de modo que si un escritor fuera libre y no esclavo, si pudiera escribir de acuerdo con sus elecciones y no sus obligaciones, si pudiera basar su trabajo sobre sus sentimientos y no las convenciones, no habría trama, ni comedia, ni tragedia, ni intereses amorosos o catástrofes al estilo aceptado y, tal vez, ni un sólo botón cosido al modo que quisieran los sastres de Bond Street. La vida no es una serie de farolas ordenadas simétricamente, sino un halo luminoso, una envoltura semitransparente que nos rodea desde el inicio de nuestra conciencia hasta su final. (…)”
Fragmentos de su ensayo La narrativa moderna

“(…) Pero es el sufrimiento común el que produce esa sensación de hermandad y no la felicidad, el esfuerzo o el deseo común. Esa "tristeza profunda" que el Dr. Hagberg Wright piensa típica del pueblo ruso es la que crea su literatura. Desde luego, una generalización de este tipo, incluso aunque verdadera en cierto grado cuando se la aplica al cuerpo de la literatura, cambia profundamente si un escritor de genio se pone a trabajar con ella. De inmediato surgen otras cuestiones. Se ve entonces que una "actitud" no es sencilla, sino compleja en grado sumo. Hombres robados de sus sacos y de sus modales, aturdidos por un accidente ferroviario, dicen cosas duras, cosas ásperas, cosas desagradables, cosas difíciles, incluso aunque las digan con el abandono y la sencillez que en ellos producen las catástrofes. Ante Chéjov, nuestras primeras impresiones no son de sencillez, sino de perplejidad. ¿Qué quiere decir, por qué extrae un cuento de esto? (…) “

((Sobre Tolstoi…)Es metropolitano, no suburbano. Sus sentidos, su intelecto, son agudos, poderosos y están bien nutridos. Hay algo de orgulloso y soberbio en el ataque que una mente y un cuerpo así lanzan sobre la vida. Nada parece escapársele. Nada escapa a su vista sin ser registrado. Por tanto, nadie puede transmitir como él la excitación del deporte, la belleza de los caballos y toda el hambre fiera por el mundo de los sentidos que posee un joven fuerte. Toda ramita, toda pluma se pega a su imán. Nota el azul o el rojo del blusón de un niño, el modo en que un caballo mueve la cola, el sonido de una tos, las acciones de un hombre que intenta meter las manos en unos bolsillos que han sido cosidos. Y lo que informa su ojo infalible sobre una tos o los trucos de unas manos su cerebro infalible lo une a algo oculto en el carácter de la gente, de modo que la conocemos no sólo por el modo en el que ama y sus puntos de vista políticos y la inmortalidad del alma, sino también por el modo en que estornuda y se atraganta. Incluso tratándose de una traducción, sentimos que nos han puesto en la cima de una montaña con un telescopio en las manos. Todo es asombrosamente claro y absolutamente nítido. Pero entonces, de pronto, justo cuando exultamos, respirando hondo, sintiéndonos a la vez fortalecidos y purificados, algún detalle -tal vez la cabeza de un hombre- nos llega, de modo alarmante, desde el cuadro, como si expulsado de allí por la intensidad misma de la vida que tiene. (…)

(…) La vida domina a Tolstói tal como el alma domina a Dostoievsky. (…)”.


Del ensayo El punto de vista ruso

martes, 3 de diciembre de 2013

Hambre, Knut Hamsun

HAMSUN, Knut. Hambre. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Ediciones de la Torre, segunda edición revisada. Madrid, 2004. Original en noruego: 1890.




“(…) ¡Quédeselo, quédeselo!, respondí, ¡bien se lo ha merecido! No es gran cosa, apenas nada, más o menos todo lo que poseo en esta tierra. (…)”

“(…) Yo me reía, me reía y me golpeaba la rodilla como si me hubiera vuelto loco. Y de mi garganta no salía ni un sonido, mi risa era silenciosa y febril, intensa como un sollozo… (…)
No sentía dolor alguno, el hambre lo había sofocado; en su lugar me sentía agradablemente vacío, indiferente a todo lo que me rodeaba y contento de que nadie me viera. Puse las piernas por encima del banco y me eché hacia atrás, así podía sentir mejor el poder del aislamiento. No había nube alguna en mi mente, ni la mínima sensación de malestar, y hasta donde llegaba mi pensamiento no tenía ni un deseo insatisfecho. Estaba tumbado con los ojos abiertos ausente de mí mismo, me sentía deliciosamente distante. (…)”

“(…) ¡Ja! Me imaginé haber inventado una palabra nueva. Me incorporo en la cama y digo: No existe en el idioma, yo la he inventado, kibuo. Tiene letras como cualquier palabra. Dios mío, has inventado una palabra… kibuo… de gran significado gramatical. (…)

Podían estar escuchándome, y tenía el propósito de mantener mi invento en secreto. Había entrado en la alegre locura del hambre; me encontraba vacío y sin dolor, y mi pensamiento no tenía frenos. Con los saltos más extraños en mi razonamiento, intento investigar el significado de la nueva palabra (…)"

“(…) Iba a morir, era otoñó y todo estaba a punto de comenzar la hibernación (…) cada vez que renacía en mí la esperanza de una posible salvación susurraba con hostilidad: ¡Pero idiota, si ya has empezado a morir! (…)”

“(…) Tendría que estar indescriptiblemente flaco. Y los ojos se me estaban empezando a salir de la cabeza.
¿Qué aspecto tenía realmente? ¡También era cosa del demonio que encima el hambre lo desfigure a uno! Una vez más noté que me invadía la rabia, la última llamarada, una convulsión. ¡Dios nos libre de una cara así! ¿Eh? (…)”

“(…) … Escupí lejos en la acera, sin preocuparme de si alcanzaba a alguien o no; estaba furioso, lleno de desprecio hacia esas gentes que se frotaban unos contra otros, apareándose ante mis ojos. Levanté la cabeza y sentí la bendición de conservar mi pureza. (…)"

“(…) La locura se apodera rabiosa de mi cerebro y yo se lo permito, soy muy consciente de que estoy sometido a influencias sobre las que no tengo ningún control (…)"

 “(…)Kierulf, ese comerciante de lanas que durante tanto tiempo había estado dando vueltas en mi cerebro, ese hombre en cuya existencia creía y a quien necesitaba ver, había desaparecido de mi memoria, había sido borrado junto con todas esas locas ocurrencias que iban y venían por turnos. (…)”

“(…) Me acosté con la ropa mojada; tenía la vaga idea de que probablemente moriría esa noche, y empleé mis últimas fuerzas en ordenar un poco mi cama para que mi entorno presentara un aspecto decoroso a la mañana siguiente. Entrelacé las manos y elegí una postura. (…)”


(…) Lo único que me molestaba un poco era el hambre, y eso a pesar de las náuseas que sentía al ver la comida. Volví a tener unas escandalosas ganas de comer, un voraz apetito interior que aumentaba por momentos. Me roía despiadadamente las entrañas, con una insistencia silenciosa y singular. Era como si una veintena de minúsculos animalitos ladearan la cabeza para roer un poquito por un lado y luego se volvieran hacia el otro lado y royeran otro poco, para después quedarse quietos un rato y empezar de nuevo, penetrando sin ruido y sin prisa, y dejando trechos vacíos por donde avanzaban… (…)"


lunes, 25 de noviembre de 2013

Ebrio de enfermedad, Anatole Broyard. Ediciones La uña rota.

BROYARD, Anatole. Ebrio de enfermedad y otros escritos de la vida y la muerte. Traducción de Miguel Martínez-Lage. Ediciones La Uña Rota, Colección Libros del apuntador. Primera edición España, marzo de 2013. Edición 1992, Alexandra Broyard.  Imagen de cubierta, Gonzalo Borando. (+http://borondo.blogspot.com.es/)


Del prólogo, por Oliver Sacks.


(...) Broyard cita un episodio de un libro de Mary-Lou Wisman, titulado Cuidados intensivos, en el que relata que poco antes de que su hijo muriese a los quince años, a raíz de una distrofia muscular, pidió a su padre que lo colocase en una "postura impúdica" en la cama del hospital. "A mí me agrada que mis escritos sean impúdicos e insolentes—escribe Boyard—. La amenaza de la muerte debería hacernos más ingeniosos." (…)
(Prosigue Broyard…) Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor […]. Al principio me inventaba microrrelatos. La metáfora era uno de mis síntomas (…)

Apunto, no se puede decir nada más que eso, eso es todo. Recuerdo mis metáforas primeras, me imaginaba una enfermedad como un color insuficiente, como una carencia. Un color que no supera las pruebas que asimilan las reacciones. Frente a las secuelas de un accidente ¿por qué lloro antes de que haga sol, por qué río el color, la intriga de localizar el impacto, la previsión del golpe?
Mi enfermedad como un color, demasiado híbrido, demasiado neutro, tono motor, tono cualquier cosa, mi enfermedad de escala de grises, incapaz de permitir que el positivo y el negativo forme circuitos, incapaz de ordenar la reacción de forma ordenada, orgánicamente ordenada. El miedo araña la continuidad, rompe.



.
Ebrio de enfermedad, retales.

"(…) el cáncer es el delito que puedo haber cometido o no; y la elocuencia de estar vivo, el fervor del superviviente, es mi mejor defensa. El modo en que mis amigos se han unido a mi alrededor es una maravilla (…) han tomado a su cargo la responsabilidad de ser serios (…). No obstante, uno de los efectos que tiene su preocupación por mí es que yo me siento más vívido, multicolor, dibujado con nitidez. (…)"

"(…)Me han puesto en el vientre inyecciones de  diecisiete centímetros de largo, en donde noto que me cosquillea la metafísica.(...)"

"(…)Estar enfermo es una extraña mezcla de lo sublime y de lo patético, de comedia y terror con intervalos de sorpresa. Tratar el asu"nto con demasiado respeto equivale a caer en las conocidas y floridas trampas de la agonía romántica. (…)

"(…)Cuando se enteró la gente de que yo estaba enfermo, me inundaron con relatos de sus propias enfermedades. (…)El relato, la narración, parece ser una reacción natural a la enfermedad. La gente sangra relatos, y yo me he convertido en un banco de sangre de relatos. (…)"

"(…) A veces pienso que el silencio puede matarnos, como (…) al final de El proceso, de Kafa, en la que Joseph K. muere sin decir palabra, "como un perro". En "La metamorfosis", (…) Gregor Samsa muere como un insecto. Morir es dejar de ser humanos, deshumanizarse, y a  mi entender el lenguaje, el habla, los relatos o narraciones son las formas más eficaces de mantener viva nuestra condición humana. Guardar silencio es, de forma literal, cerrar la tienda de la propia humanidad. (…)"

Apunto, la enfermedad es la crisálida que precede  a la muerte. Muerte, efímero aleteo.

"(…)Murió (…) de neumonía, como si se le hubieran encharcado los pulmones con el flujo detenido de sus palabras y se hubiese ahogado en ese lodo.(...)"

"(…) Veía en mi enfermedad  una visita a un país tumultuoso (…) una aventura amorosa con una mujer que me exigía hacer cosas que yo no había hecho nunca. (…)"

En los márgenes: Sucede que crecen con nosotros nuestros órganos internos, conocemos- hemos estudiado- sus atributos, la función del movimiento de cada uno, pero es extraordinario- acaso en ilustraciones o fotografías de mirada rápida- haberlos recorrido. Salvo para el sastre-cirujano que nos cose la salud y ordena los despistes del organismo-, tenemos dentro un país más desconocido, más extranjero y tan extraño y tan nuestro y tan culpable. Así de contradictorio es nuestro retrato, nuestro funcionamiento. Y ante el pavor incluso de un tímido asomo, palidecemos bajo la suciedad y el brillo de lo enfermo. Nos reconocemos cuerpo, cuerpo averiado.                                                                                                                                                                                                       
“(…) sólo si insiste uno en su estilo podrá salvarse (…) cuando la enfermedad pretenda disminuirlo o desfigurarlo. (…) la disminución del propio yo a ojos vistas. (…)”

Anoto, ¿y cuándo es la enfermedad del estilo, la erradicación o la ausencia del mismo, su no-forma?


"(…) 3. El paciente examina al médico (…)"

"(…) Para llegar a mi cuerpo, mi médico tiene que llegar a mi carácter. Tiene que atravesar mi alma. No basta con que me atraviese el ano. Ésa es la puerta de atrás de mi personalidad. (…) La mecánica del diagnóstico la llevan a cabo sobre todo, en mi ignorante opinión, los técnicos. Los técnicos van con la materia prima. El médico toma ese material y le da la forma poemática de un diagnóstico. Por eso quiero un médico con sensibilidad. Y eso casi parece un oxímoron (…) Morir o estar enfermo es en cierto modo poesía. Es un trastorno, una locura. (…) los médicos podrían estudiar poesía para entender estas disociaciones. (…)"

Añado: dentro de la disociación del enajenado sucede que establece asociaciones discursivas, instintivas, a-lógicas, pero sigue asociando: cambia la arquitectura arquitectónica que determina el lugar de lo asociado- pero existe-, no hay incoherencia sino un molde nuevo, donde los elementos estructuran el discurso, poderoso, vitalista en cuanto al ritmo, espeluznantemente cierto, pre-claro.

"(…) El médico es el único pariente que tiene el paciente en un país extranjero. (…)"

"(…)No hay que rendirse a la enfermedad: aféitate, péinate, viste de manera atractiva, sé agresivo, no pasivo. Es el cambio en el enfermo lo que avergüenza a sus amigos, y es ahí donde comienza toda la inhibición. (…)”

"(…)La enfermedad es una clase de incoherencia.(...)"


"(…)Becker describe el carácter como "una configuración restrictiva de la posibilidad". (…)Según Becker, hay "un pánico inherente a la creación", y hemos de controlar ese pánico sin negarlo. Hemos de convertirlo en una excitación útil. (…)"

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La campana de cristal, Sylvia Plath








“(…) -¿Sabes lo que es un poema, Esther?
-No, ¿qué es? –decía yo.
-Un grano de polvo.
Entonces, cuando él comenzaba a sonreír y a mostrarse orgulloso, yo diría:
-También lo son los cadáveres que cortas. También lo es la gente a la que crees curar. Son polvo como el polvo mismo es polvo. Calculo que un buen poema dura mucho más que cientos de esas gentes juntas.
Y, por supuesto, Buddy no sabría qué responder porque lo que yo decía era cierto. (…)”

“(…) Mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento.
De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.
Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies. (…)”

Anoto. Está dictando ilustraciones, está dictando sabores, está dictando sonidos, está componiendo con color y aristas. Entretanto raja la garganta mediante ecos de similitud. Un mes después, tres antes y el sucederse a destiempo que sólo refiere a éste como reprimenda, recuerdo de despojo. Reverbera sí, encierra, sí, agudo y constante.
Sólo me he atrevido a entresacar las ilustraciones dichas al dictado, el resto hubiera sido todo y aún una totalidad extrema. Asumo cobardía de selección.

“(…) Luego pensé que tal vez podría dejar los estudios por un año y aprender alfarería.
O trabajar para irme a Alemania y ser camarera hasta que fuese bilingüe.
Luego, un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza, como una familia de conejos dispersa.
Vi los años de mi vida dispuestos a lo largo de una carretera como postes telefónicos, unidos por medio de alambres. Conté uno, dos, tres… diecinueve postes telefónicos, y luego los alambres pendían en el espacio y por mucho que lo intentara no podía ver un solo poste más (…)”
“(…) El esquema de color de todo el sanatorio parecía estar basado en el hígado. Ebanistería oscura, brillante, sillas de cuerdo de tono tostado, paredes que una vez pudieron ser blancas pero que habían sucumbido a un mal de moho o humedad generalizado. Un linóleo pardo moteado cubría todo el suelo. (…) Por un minuto pensé que las paredes habían empezado a descargar la humedad que las saturaba. (…)Seguí a Buddy y el señor Willard me siguió a mí a través de un par de puertas batientes con láminas de brillo esmerilado a lo largo de un oscuro pasillo de color hígado, que olía a cera para pisos y a lisol y a otro olor más vago, como de gardenias marchitas(…)”

“(…) Al principio me preguntaba por qué la habitación parecía tan segura. Luego me di cuenta de que era porque no tenía ventanas. (…)Parecía tonto lavar un día cuando tendría que volver  a lavar al siguiente.
(…) Entonces vi que algunas de las personas en realidad se movían un poco, pero con gestos tan pequeños, como de pájaro, que al principio no lo había percibido. (…) Entonces mi mirada se deslizó por sobre la gente hasta la llamarada verde de más allá de las diáfanas cortinas, y me sentí como si estuviera sentada en el escaparate de una enorme tienda. Las figuras que me rodeaban no eran gente, sino maniquíes pintados para que parecieran gente y colocados en actitudes que imitaban la vida. (…)”
“(…) Cuanto más incurable se vuelve, más lejos lo esconden a uno. (…)”
“(…) Alrededor de la bandeja de esmalte volcada resplandecía una estrella de fragmentos de termómetros, y las bolitas de mercurio temblaban como rocío celestial.
-Lo siento –dije-. Fue un accidente.  (…) Me llevaron, con cama y todo, al viejo cuarto de la señora Mole, pero no antes de que yo hubiera recogido una pelotita de mercurio. (…)
Abrí los dedos como una niña con un secreto y sonreía a la esfera plateada pegada a mi palma. Si la dejaba caer, se rompería en un millón de diminutas réplicas de mí misma, y si las arrimaba unas a otras se fundirían, sin una grieta, nuevamente en un todo. (….)”

“(…) –Me pregunto con quién te casarás ahora, Esther. Ahora que has estado… (…) aquí. (…)”



La campana de cristal (1963), Sylvia Plath. Traducción de Elena Rius. Editorial Edhasa; Colección diamante. Marzo de 2008, España.