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miércoles, 6 de marzo de 2024

El libro mediterráneo de los muertos. María Ángeles Pérez López

 


Libro mediterráneo de los muertos de María Ángeles Pérez López. 
VI Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro. Publicado por @editorialpretextos
"¿En qué partes de ti crece el pronombre?"

Un libro como una herencia. Un libro como sedimento de la lengua.
Tacto, lenguaje, color, lenguaje, piedra, guepardo, lenguaje, cráneo, lenguaje, historia, lenguaje, Nilo y pupila, lenguaje y pupila, pupila y párpado: el cuerpo que se queda en lo oscuro, los ojos que qué miran cuando son los ojos solos y no nuestros ojos, ajenos, galaxia y ceniza.

Lengua de raíz como hilo rojo que teje una biografía de nuestros muertos, es decir del nosotros, es decir del yo en el nosotros, visual, ovalado, con manto y tierra y grito. El pasto del agua con sus cuerpos anónimos. El lenguaje con sus madres anónimas. La conversación con el lenguaje, desde el lenguaje, lagarta valiente del lenguaje cuestionando la distancia, el tiempo, la profundidad del mar, de nuestras memorias.

Endecasílabo encadenado a endecasílabo encadenado y los adjetivos tintineando las aliteradas bondades de la lengua, la proximidad de la sílaba y su danza sonora que baja el zigurat a la tierra, la tierra, la boca, el cráneo, el lenguaje y la boca, la boca anónima al fondo de la boca, la osamenta que permite gruñidos y nombres.

El diálogo de un nosotros y el sonido tildado del gesto. Libro indicativo, libro roca y estambre. Alquimia y poesía. Poesía, poesía, poesía: todo el tiempo, con su estallido.

Libro néctar, libro humano porque "la asfixia es una experiencia mancomunada" y es cierto que "no puedes respirar bajo el barniz" ,"la poesía tampoco cede". Porque "incluso los lirios, las paredes, la tierra más pobre pronuncian un lenguaje que no nos pertenece".

Estaba deseando la calma para leer este libro y no veo manera mejor de iniciar la lectura en este año. Gracias por este universo con memoria animal.

(Lectura publicada originalmente en Instagram, en enero de 2024).









martes, 3 de diciembre de 2013

Hambre, Knut Hamsun

HAMSUN, Knut. Hambre. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Ediciones de la Torre, segunda edición revisada. Madrid, 2004. Original en noruego: 1890.




“(…) ¡Quédeselo, quédeselo!, respondí, ¡bien se lo ha merecido! No es gran cosa, apenas nada, más o menos todo lo que poseo en esta tierra. (…)”

“(…) Yo me reía, me reía y me golpeaba la rodilla como si me hubiera vuelto loco. Y de mi garganta no salía ni un sonido, mi risa era silenciosa y febril, intensa como un sollozo… (…)
No sentía dolor alguno, el hambre lo había sofocado; en su lugar me sentía agradablemente vacío, indiferente a todo lo que me rodeaba y contento de que nadie me viera. Puse las piernas por encima del banco y me eché hacia atrás, así podía sentir mejor el poder del aislamiento. No había nube alguna en mi mente, ni la mínima sensación de malestar, y hasta donde llegaba mi pensamiento no tenía ni un deseo insatisfecho. Estaba tumbado con los ojos abiertos ausente de mí mismo, me sentía deliciosamente distante. (…)”

“(…) ¡Ja! Me imaginé haber inventado una palabra nueva. Me incorporo en la cama y digo: No existe en el idioma, yo la he inventado, kibuo. Tiene letras como cualquier palabra. Dios mío, has inventado una palabra… kibuo… de gran significado gramatical. (…)

Podían estar escuchándome, y tenía el propósito de mantener mi invento en secreto. Había entrado en la alegre locura del hambre; me encontraba vacío y sin dolor, y mi pensamiento no tenía frenos. Con los saltos más extraños en mi razonamiento, intento investigar el significado de la nueva palabra (…)"

“(…) Iba a morir, era otoñó y todo estaba a punto de comenzar la hibernación (…) cada vez que renacía en mí la esperanza de una posible salvación susurraba con hostilidad: ¡Pero idiota, si ya has empezado a morir! (…)”

“(…) Tendría que estar indescriptiblemente flaco. Y los ojos se me estaban empezando a salir de la cabeza.
¿Qué aspecto tenía realmente? ¡También era cosa del demonio que encima el hambre lo desfigure a uno! Una vez más noté que me invadía la rabia, la última llamarada, una convulsión. ¡Dios nos libre de una cara así! ¿Eh? (…)”

“(…) … Escupí lejos en la acera, sin preocuparme de si alcanzaba a alguien o no; estaba furioso, lleno de desprecio hacia esas gentes que se frotaban unos contra otros, apareándose ante mis ojos. Levanté la cabeza y sentí la bendición de conservar mi pureza. (…)"

“(…) La locura se apodera rabiosa de mi cerebro y yo se lo permito, soy muy consciente de que estoy sometido a influencias sobre las que no tengo ningún control (…)"

 “(…)Kierulf, ese comerciante de lanas que durante tanto tiempo había estado dando vueltas en mi cerebro, ese hombre en cuya existencia creía y a quien necesitaba ver, había desaparecido de mi memoria, había sido borrado junto con todas esas locas ocurrencias que iban y venían por turnos. (…)”

“(…) Me acosté con la ropa mojada; tenía la vaga idea de que probablemente moriría esa noche, y empleé mis últimas fuerzas en ordenar un poco mi cama para que mi entorno presentara un aspecto decoroso a la mañana siguiente. Entrelacé las manos y elegí una postura. (…)”


(…) Lo único que me molestaba un poco era el hambre, y eso a pesar de las náuseas que sentía al ver la comida. Volví a tener unas escandalosas ganas de comer, un voraz apetito interior que aumentaba por momentos. Me roía despiadadamente las entrañas, con una insistencia silenciosa y singular. Era como si una veintena de minúsculos animalitos ladearan la cabeza para roer un poquito por un lado y luego se volvieran hacia el otro lado y royeran otro poco, para después quedarse quietos un rato y empezar de nuevo, penetrando sin ruido y sin prisa, y dejando trechos vacíos por donde avanzaban… (…)"


miércoles, 6 de noviembre de 2013

La campana de cristal, Sylvia Plath








“(…) -¿Sabes lo que es un poema, Esther?
-No, ¿qué es? –decía yo.
-Un grano de polvo.
Entonces, cuando él comenzaba a sonreír y a mostrarse orgulloso, yo diría:
-También lo son los cadáveres que cortas. También lo es la gente a la que crees curar. Son polvo como el polvo mismo es polvo. Calculo que un buen poema dura mucho más que cientos de esas gentes juntas.
Y, por supuesto, Buddy no sabría qué responder porque lo que yo decía era cierto. (…)”

“(…) Mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento.
De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.
Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies. (…)”

Anoto. Está dictando ilustraciones, está dictando sabores, está dictando sonidos, está componiendo con color y aristas. Entretanto raja la garganta mediante ecos de similitud. Un mes después, tres antes y el sucederse a destiempo que sólo refiere a éste como reprimenda, recuerdo de despojo. Reverbera sí, encierra, sí, agudo y constante.
Sólo me he atrevido a entresacar las ilustraciones dichas al dictado, el resto hubiera sido todo y aún una totalidad extrema. Asumo cobardía de selección.

“(…) Luego pensé que tal vez podría dejar los estudios por un año y aprender alfarería.
O trabajar para irme a Alemania y ser camarera hasta que fuese bilingüe.
Luego, un plan tras otro comenzaron a brincar por mi cabeza, como una familia de conejos dispersa.
Vi los años de mi vida dispuestos a lo largo de una carretera como postes telefónicos, unidos por medio de alambres. Conté uno, dos, tres… diecinueve postes telefónicos, y luego los alambres pendían en el espacio y por mucho que lo intentara no podía ver un solo poste más (…)”
“(…) El esquema de color de todo el sanatorio parecía estar basado en el hígado. Ebanistería oscura, brillante, sillas de cuerdo de tono tostado, paredes que una vez pudieron ser blancas pero que habían sucumbido a un mal de moho o humedad generalizado. Un linóleo pardo moteado cubría todo el suelo. (…) Por un minuto pensé que las paredes habían empezado a descargar la humedad que las saturaba. (…)Seguí a Buddy y el señor Willard me siguió a mí a través de un par de puertas batientes con láminas de brillo esmerilado a lo largo de un oscuro pasillo de color hígado, que olía a cera para pisos y a lisol y a otro olor más vago, como de gardenias marchitas(…)”

“(…) Al principio me preguntaba por qué la habitación parecía tan segura. Luego me di cuenta de que era porque no tenía ventanas. (…)Parecía tonto lavar un día cuando tendría que volver  a lavar al siguiente.
(…) Entonces vi que algunas de las personas en realidad se movían un poco, pero con gestos tan pequeños, como de pájaro, que al principio no lo había percibido. (…) Entonces mi mirada se deslizó por sobre la gente hasta la llamarada verde de más allá de las diáfanas cortinas, y me sentí como si estuviera sentada en el escaparate de una enorme tienda. Las figuras que me rodeaban no eran gente, sino maniquíes pintados para que parecieran gente y colocados en actitudes que imitaban la vida. (…)”
“(…) Cuanto más incurable se vuelve, más lejos lo esconden a uno. (…)”
“(…) Alrededor de la bandeja de esmalte volcada resplandecía una estrella de fragmentos de termómetros, y las bolitas de mercurio temblaban como rocío celestial.
-Lo siento –dije-. Fue un accidente.  (…) Me llevaron, con cama y todo, al viejo cuarto de la señora Mole, pero no antes de que yo hubiera recogido una pelotita de mercurio. (…)
Abrí los dedos como una niña con un secreto y sonreía a la esfera plateada pegada a mi palma. Si la dejaba caer, se rompería en un millón de diminutas réplicas de mí misma, y si las arrimaba unas a otras se fundirían, sin una grieta, nuevamente en un todo. (….)”

“(…) –Me pregunto con quién te casarás ahora, Esther. Ahora que has estado… (…) aquí. (…)”



La campana de cristal (1963), Sylvia Plath. Traducción de Elena Rius. Editorial Edhasa; Colección diamante. Marzo de 2008, España.