lunes, 20 de enero de 2025

Fingir la fiebre, poemario de Cristian Piné


Es curioso cómo los libros a veces nos esperan y empieza uno a leerlos en el momento justo en que escucha, o al menos cree hacerlo, el arañazo exacto de un poema. 

Vas posponiendo unos libros, otros se adelantan por la derecha y pasa que nos pasa que incluso a veces quedan pospuestos a otra vida, así, amontonaditos y callados. 

No leo el libro de Cristian en otra vida y a la vez leo el libro de Cristian en otra vida. Yo soy otra, distinta desde hace unas semanas, el cuerpo se me ha roto y las manos han dejado de tener capacidad para sujetar algo con convencimiento. En casa se suceden las tempestades del duelo y llego a este «Fingir la fiebre» queriendo yo poder fingir el cuerpo funcionando. Y entonces, una a una escribe Cristian las cinco fases que siguen a la noticia y yo las leo hoy, no antes de verano, no hace un mes y medio, hoy y pienso que qué suerte tener este lenguaje que dicen compartido.

«Es normal, todo marcha/según lo rutinario./Son solo los rasguños de vivir(...)»

El poemario sería excelente sin esta circunstancia, claro, pero sucede la alquimia y hay que decirla para saber eso, que sucede y se sucede. 

La alquimia es sencilla cuando se escribe de la pérdida, del duelo: no por ser un tema fácil, sino porque es un tema por el que antes o después vamos a pasar todos y, un día, seremos el duelo de alguien: la literatura hace lo que puede para acompañar, es un lujo que una persona, ocupada y tejiendo, cede para nosotros y ya es manta colectiva. Gracias, Piné, por tejernos ésta. 

No me sorprende que sea el libro sea excelente, ya lo ha venido haciendo Cristián en todos los libros anteriores, pero sí leo agradecida formas de decir que rascan el oído, aliteraciones y símiles que me generan admiración y envidia. 

«las entrañas suceden en mis labios/ y negar es dar voz a lo de dentro(...)»

«estoy sano y se nota:/el corte de los párpados es limpio(...)»

Los andamiajes son exactos, pero no sólo ellos. Hay un lenguaje vivo que sorprende, no hay poema que se quede sin subrayar o doblar, todos funcionan por si mismos y funcionan ensamblados y existe el sentimiento sin escondite, no su contrario (esa pornografía del llanto tan recurrente en poesía)

«En la vida la vida me ha servido/ de aburrido museo de los miembros»

Todo lo que se puede decir ya lo ha dicho María de la Cruz en un prólogo delicioso —que comienza diciendo «Existe un calor antiguo» y menciona a Jean-Luc Nancy, esa mención ya promete cosa buena— donde también el sonido está, como empachada de la canción febril que viene luego.

«No ser algo es hermoso/si miras desde el ojo de los cuervos(...)»

Técnica, sí, toda, capacidad de ver: como muy pocos. No hay artificio ni falso aterrizaje, la vida es lo que queda como puede, y luego desde ahí.